20120214

Y YO TE DIGO ADIÓS • FALLECIÓ JORGE LASCALEA


PARTE DEL AIRE

• por Alicia Vicchio •
Descarnó Jorge Lascalea. 92 años tenía este geminiano que hoy se fue a conversar con todos aquellos a los que inmortalizó en cada charla, en cada palabra.

Hijo de una de las familias tradicionales del partido de Moreno, habitante de esa casona estilo francesa en la intersección de Maipú y Pagano, en el área céntrica norte.

El tallador en madera, el pensador, el miembro del partido Comunista, el contador de historias, el culto narrador, el que enseñaba, el maestro, el deportista que hasta fue guardavida en algunos clubes y enseñó a nadar a cientos de niñas y niños. El fumador en pipa que aromaba a tabaco los estudios de radio, cuando ingresaba, a sabiendas que debía apagarla y hacía ruido al levantarse con una sonrisa cómplice. El hermano de las profesoras. El que abría un libro y recitaba los poemas de las mejores plumas mundiales. El intelectual. El vecino de Moreno.

Lo conocí cuando yo era una adolescente. Llegó con unos amigos de mis padres a tomar unos vinitos a casa. Enseguida fue el centro de la reunión. A mí me impactó cuando habló de Dardo Dorronzoro, el poeta de Luján, desaparecido en plena dictadura cívico-militar.

Después, mucho después, compartió dos espacios radiales del que fui conductora. Fue un columnista distinto, porque cuando él hablaba hasta los pibes que estaban en el bar de la radio venían a verlo, y la cabina del operador se llenaba de oídos atentos, sólo para escuchar qué decía.

Lo propio ocurría cuando lo escuchábamos desde casa, cuando iba de invitado al programa El Arte del Encuentro, que conducían Boy Bruzzone y Mónica Torrez cada noche. Magia en el aire.

En una reunión de producción le dije: “Jorge, tenés que sintetizar”. Me miró con esos ojos glaucos y comenzó a reírse. “Bueno, yo sintetizo” – me dijo. La columna de ese sábado duró 12 minutos más que de costumbre. Y cuando finalizó de hablar me toreó: “Ahora no te vas a quejar, sinteticé, era de media hora” y se hamacaba en la silla como un niño travieso.

Otra vez viajamos juntos en tren, porque nos habían invitado a una radio de Ramos Mejía. Odio viajar en tren, pero nunca llegué tan pronto a destino. Cada cosa, cada elemento del camino, era una anécdota distinta que él traía desde su memoria a su boca para contármel, como cuando pasamos por Ituzaingó y me anunció que en el barrio Villa León habitó Raúl González Tuñón, o al llegar a Castelar, rememoró:"En Parque Leloir vivió el poeta gaditano Rafael Alberti" .

Cuando cumplió los 90 años le hicieron una fiesta. Comieron guiso de lentejas, porque él nació en el mes de junio, pleno frío. Los amigos se reunieron en el parque de la casa Lascalea, bajo los eucaliptos y nogal centenario, que plantó su padre.

Hace poquito la gente de la entidad APROMAC, (Asociación para la Protección, el Ambiente y la Cultura) de Paso del Rey, publicó una foto con Carmelo Ianni y Jorge, en la mesa de su cocina.

El viejo se había hecho hacía añares una cabaña-taller rústica, de un sólo ambiente, en el linde del predio familiar, plena de libros, una cama-catre, una mesita, varias sillas y una salamandra. Allí recibía a sus mujeres, sí dije a sus. Era reconocido como un buen amante. Y también hacía reuniones de amigos, guitarreadas y mateadas largas. Muchos de los encuentros de la producción radial y las discusiones propias de un buen formato, fueron en ese lugar acogedor y enigmático, porque daba la sensación de que allí habitaban todos sus escritores.

Fue generoso en compartir su sapiencia. Hasta su remanso llegaban alumnos de diferentes escuelas, jóvenes ávidos de conocimiento, periodistas de distintos medios, amigos artistas, gente relacionada con el ámbito cultural morenense y de distritos vecinos.

Él fue quien dio auxilio humano al poeta Pablo Neruda, en su paso clandestino por Argentina, alojado en una quinta solariega de la calle Uruguay cercana a la Colectora Gaona Sur, que pertenecía al PC. Fue el único contacto exterior que tuvo el escritor hasta que salió del país. Está documentado.

Una artista local, algo podrida de mente, lo tildó de "mistificador", porque argumentaba que Jorge salía algunas noches a repasar una pintada que estaba en la pared exterior de su cabaña, la que daba a la calle Maipú. En ese escrache le habían escrito, durante la dictadura: "Aquí vive un comunista". Según esa mujer él no quería que se borrara. Se lo consulté en forma pública, muy cómplice me contestó: "No le creas nada a esa chitrula, es envidiosa y tiene horrores de ortografía". No pudimos más que reírnos con su respuesta.

Un día le llegó la noticia. El Concejo Deliberante de Moreno lo quería destacar como “ciudadano ilustre”. Él se negó con esta frase: “Gracias, pero para darle lustre está el bronce, yo soy un ser humano, simplemente”

La biblioteca de la Organización Teatral Terrafirme lleva su nombre y apellido. La bautizaron así para homenajearlo en vida y él fue su propio maestro de ceremonia.

Entrar a la casa átavica era una experiencia singular. El portón de hierro siempre entreabierto, un camino de lajas curvo, que conducía hacia el sector posterior , la paz silenciada por el trinar de las aves en la añosa arboleda. Llamar y nada. Golpear las manos y nada. Abrir la puerta, de manera insolente, y encontrarse con un Jorge sentado, leyendo, abstraído en su lectura, con una suave música de fondo. Nombrarlo y la respuesta:; ¡Ah! ¡Pasen!, cuando ya estábamos dentro.

Sus últimos días los pasó en un centro residencial, más conocido como geriátrico, porque el tiempo melló a su longeva familia y a sus hermanas que tanto lo adoraban.

Que tu bicicleta, libros, taller, documentos escritos y orales y tu pipa sean testimonios de tu paso terrenal, porque vos ya sos parte del aire.

Maestro Jorge Lascalea, ¡Buen viaje!


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